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Jorge Drake

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Jorge Drake

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sábado, 6 de febrero de 2010

Radiolarios: Arte y Naturaleza



Radiolarios: Arte y Naturaleza.

Cuando pienso en la vida e intento encontrar el tropo que la defina en su fracción esencial e irreducible que le dé un sentido, una razón de ser. Observo el espacio profundo y me pierdo en el misterio de lo inalcanzable, en la extensión inconmensurable que aplasta a la imaginación más vasta.
Hay una cierta frialdad en la visión de tantos mundos inhóspitos, inhabitables, otros tantos no descubiertos, aparentemente sin una mirada lúcida que les dé un propósito ulterior a su existencia. Posiblemente nacen y mueren absorbidos por sistemas mayores sin haber albergado vida nunca.


Cuantos eones y distancia por recorrer serán necesarios para resolver todos los dilemas, en una eternidad que no lleva prisa, en un universo que parece desolado y en ruinas. En ocasiones pienso que el universo se despliega con elegancia matemática, en otras, la mirada se sobrecoge ante la hostilidad impetuosa de las nebulosas, centro de galaxias, y agujeros negros, donde parece reinar el caos y el peligro.


Creación y apoteosis, fuego y hielo, movimiento perpetuo. Mutabilidad constante.
¿Acaso viviremos en la excepción? ¿Habrá otras singularidades perdidas en la distancia prohibida? ¿Es la vida un accidente fortuito del caos? ¿O lleva implícita la firma de un creador? No son preguntas hechas solo en nuestro tiempo, ni siquiera un dilema de orden teológico o religioso. Es el cuestionamiento elemental de quien requiere saber sobre el terreno en el que se mueve.
Ante la devastadora imposibilidad de encontrar respuestas en el cosmos aún inaccesible, entonces repliego la mirada perdida en el espacio, y la vuelco sobre el microcosmos, intentando responderlas con los elementos cercanos, en la vida que anima nuestra Tierra.


El hombre parece agotarse a veces en el caos de la conciencia y sus paradojas suicidas, o en la fragilidad de la vida supeditada a la naturaleza voluble de un planeta con un equilibrio apenas temporal y efímero para el hombre, y para todo organismo viviente, volviendo la aparente eternidad de la vida, maleable, efímera... apenas una oportunidad exigua para la subsistencia y posible expansión hacia otros mundos.
Por otro lado, un sector de la raza humana se aferra al arte, y a la consagración de la vida. La Tierra es un laboratorio prodigioso de ella. Desde mi perspectiva, el código de la vida está fraccionado, tiene un común denominador disperso en todas las criaturas vivientes.
¿Quien nos dice que no necesitaremos en un futuro remoto, -o tal vez no tan lejano-, el código de ADN de los ojos de un búho para ver en la oscuridad, o la habilidad de ver tres veces más colores como el camarón mantis, las habilidades digestivas de la vaca para digerir la celulosa, o la resistencia de la piel de un reptil para resistir temperaturas mas extremas? ¿Dominaremos el código a tiempo para "inventar" los cambios por nosotros mismos? ¿Nos conformaremos con los ciclos de extinción y vida de la Tierra? ¿Lograremos crear plantas y animales tan sofisticados como los naturales, que se extinguen con nuestro desdén más terrible?
El reino vegetal que parece ser el laboratorio medicinal diseñado para el hombre, acompañándolo en su desarrollo a lo largo de millones de años, se ha ido mermando en los últimos siglos por diversas razones, y tal vez con ello perdiéndose la posible cura para enfermedades futuras. El planeta no está en peligro, es la vida tal como la conocemos lo que está en peligro. Es posible que con cada extinción masiva la vida renazca con los organismos sobrevivientes. La Tierra se recompone y se ajusta sobre patrones cíclicos naturales.


Tengo ese escalofrío espinal que da el presentimiento de la catástrofe, la casi convicción de que de no cuidar y preservar con suficiente ahínco de nuestros reinos coetanos, inminentemente fijamos el tiempo de vida de nuestra civilización, reduciendo sustancialmente nuestras posibilidades de sobre vivencia futura.


Los biólogos parecen estar de acuerdo en que la vida se inició en el mar, sin embargo éste aún guarda recónditos secretos. Investigando sobre el mar abisal, el más misterioso de los lugares no explorados de la Tierra, descubrí la sorprendente investigación del biólogo alemán Ernst Haeckel, -un naturalista del siglo diecinueve-, sobre organismos de una sola célula o protozoarios, los Radiolarios. Invisibles en su mayoría a simple vista, fueron analizados, clasificados, nombrados y dibujados por Haeckel en un trabajo exhaustivo y asombroso, logrando catalogar poco más de 4,000 de los 5,000 conocidos aproximadamente hasta ahora, revelando la elegancia y complejidad sorprendente de estos organismos.


Platón decía que Dios geometriza. Los esqueletos o formaciones sólidas de los Radiolarios parecen estar permutando todas las formaciones posibles, mostrando una gran belleza y tensegridad en sus formaciones, lo que yo llamaría la morfología de lo amorfo. Conocer a los Radiolarios es descubrir la esencia de la vida, la prerrogativa básica y expresión de la vida elemental de la naturaleza:
El Arte.


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