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El Beso.



Uno realmente nunca regresa de la guerra. Nuestro mundo habitual se transforma sin remedio. Ahora, todo luce distante... irreal. Nada se ve ni se siente como antes, hay demasiada sangre en la mirada, excesiva muerte corre por las venas. Mi llave ya no funka. He tenido que pedir permiso para entrar en "nuestro" apartamento. La portera me ha preguntado que si soy familiar de la "joven" o del "señor". Al menos accedió a abrirme la puerta porque le parecí "conocido". He tomado una cerveza de la heladera. Es una marca extraña pero sabe bien. Busco en vano en los cajones de nuestro cuarto algo indefinido. Trato de encontrar algún vestigio que me conecte con el pasado... pero nada queda. Sobre el tocador hay nuevas fotos que hablan de una felicidad que me es ajena.

En mi estudio, ya no cuelga del muro mi guitarra Fender Stratocaster. Tampoco está mi piano eléctrico. Me he vuelto extranjero en mi propia casa. Empiezo a dudar si alguna vez viví aqui o solo fue un sueño.
Creo que es hora de marcharme... Ha terminado la guerra, pero he perdido mi lugar. Pensaba dejarle una nota, pero he desistido. Los "fantasmas" no podemos escribir, no debemos. En el pasillo de salida, —en el librero lateral—, hay una pequeña caja de música que me es familiar. Curiosamente al abrirla, he encontrado escondido un viejo beso sin usar; un regalo del tiempo, deshidratado, camuflado en unas notas musicales...
Pero que increiblemente... ¡Aún funciona!..



Música: Robin Guthrie & Harold Budd - How Close Your Soul

Perder el juicio


Perder el juicio.

El joven Cigol estaba confundido, sabía que algo en él iba mal, aunque en el fondo se sentía bien. Su propia madre le había denunciado ante el Consejo de Orden Civil del Estado. Desde pequeño se le había adoctrinado en que la mentira era el lubricante de la sociedad. Las había inocentes, necesarias, convenientes, funcionales, lúdicas, mitológicas, sacras, históricas, diplomáticas, políticas, curriculares, y un largo etcétera. Todas perfectamente compendiadas en el Manual del Ciudadano Moderno. Sus padres comenzaron a sospechar de su anomalía mental, cuando empezó a cuestionar —y aun a rebelarse— a las mentiras más tradicionales de la religión única, con su dios único y avalada por el estado único. Estaba nervioso, sus manos sudaban profusamente. Se encontraba metido en un gran problema, conocía la dureza de la corte. Faltaban tan solo minutos para ser sometido por el Consejo a una prueba poligráfica con el detector de verdades, luego, seguiría el juicio y el dictamen inapelable del juez. Después de dos horas de un exhaustivo interrogatorio de los especialistas —analizando sus respuestas emocionales en las pupilas y en el lóbulo prefrontal—, el dictamen estaba listo para iniciar su juicio sumario.


El juez, dirigiéndose al jurado en pleno y al acusado, inició exponiendo el caso.


—El Estado contra Cigol Erup. Es de todos conocido y aceptado que nuestra sociedad ha encontrado el equilibrio evitando los peligros y el sufrimiento innecesario que la verdad como tal acarrea. La realidad es, como hemos decidido que sea para beneficio de todos. No hemos resuelto los problemas graves de la sociedad, pero hemos logrado que no nos afecte, de tal manera que el sistema social se mantenga funcional, y los ciudadanos acepten su condición sin generar hostilidad hacia el estado o sus semejantes. Nuestra estabilidad como sociedad requiere que las mentiras diseñadas, sean aceptadas sin cuestionamientos. El acusado, ha sido diagnosticado por el test veritas, concluyendo que hay un rechazo consistente a las mentiras más convencionales. Por lo cual el estado solicita al gran jurado, el confinamiento indefinido del acusado, y ordenar una investigación sobre las causas de semejante anomalía. El acusado ahora tiene la palabra para abogar en su favor, en descargo de las acusaciones.


Cigol, con un rictus de enojo en la frente —dando un paso hacia adelante— tomó la palabra.


—Sr. Juez, puedo entender la lógica de sus planteamientos aunque no estoy de acuerdo con ellos. Si tuviese que aceptar las normas de esta sociedad de la mentira, al menos les pediría que fuesen más creativos y que no insultaran a mi inteligencia. Pero sé que es pedir demasiado. Rechazo categóricamente el test veritas y su dictamen — porque si es correcto— estaría usted apelando a la verdad, y usted tendría que estar siendo enjuiciado junto conmigo. No puede usted acusarme de una falta que usted comete al mismo tiempo.


Los jurados se miraron entre ellos consternados, y las murmuraciones fueron elevándose en intensidad mientras dialogaban.


—Su señoría, —dijo el representante del jurado alzando la voz— Creemos que el acusado tiene razón en su reclamo.


El juez se paró como un resorte mostrando sus ojos desorbitados de ira, y usando su derecho de veto, declaró al acusado culpable y ordenó que el jurado fuese sometido a evaluación también.


Era demasiado tarde, la infección de la lógica se esparcía como reguero de pólvora encendida...

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Cita con la muerte

Todas las noches escapo del silencio de mi departamento, lanzándome a la calle a buscar la calidez de alguna cafetería. El contacto con la gente siempre ha sido algo vital para mí. Sentir su compañía involuntaria, escucharles disimuladamente mientras conversan, es una forma de sentirme integrado de alguna manera a esta urbe fría, y aprovechar de pasada para tener material para escribir alguna historia. A lo largo de los años, he encontrado mis sitios predilectos, pero algunas veces intento nuevos lugares. Esa noche, fue una de esas excepciones. Al salir de mi departamento, cayó al suelo un volante publicitario. Alguien lo había insertado entre la puerta y el marco. Lo recogí del suelo. Decía con letras grandes: "conozca el mejor café de Monterrey, la mejor mezcla de granos, tostados por expertos". Sonaba tentador. Quedaba un poco lejos, pero bien valía la pena intentarlo.


El anuncio luminoso rutilante en la esquina decía: "Virgilo´s Coffe & Donuts, abierto las 24 horas". Al entrar a una cafetería, uno se da cuenta inmediatamente si habrá buen café, por el aroma que flota en el ambiente. Empujé la puerta de vidrio y entré. El lugar era cálido, acogedor, y sobre todo, olía a muy buen café. Había una larga barra con asientos giratorios, y enfrente, -junto al largo ventanal que da hacia la calle-, una larga hilera de mesas pequeñas de madera, con un lado pegado hacia la ventana. Escogí una de ellas casi hasta el final de la cafetería, sentándome de cara a la entrada. Encendí un cigarrillo y le hice un ademán a la mesera, para hacerle notar que necesitaba un cenicero. A mediación de la barra, -encima de un espejo largo que hacía parecer el lugar más grande-, había un reloj de manecillas con números romanos. Marcaba las once cincuenta y cinco. Dos minutos después llegó la mesera trayéndome el cenicero y me dejó un tríptico con el menú.


-Tráigame por favor un café por lo pronto, -le dije, mientras empezaba a revisar lo que ofrecían.


Apuntó en su libretita y prosiguió a tomar la orden en la siguiente mesa. No sé si me distraje, o la mesera se interpuso y no me di cuenta, pero no me percaté que se había sentado frente a mi, -en la mesa contigua-, un hombre de fenotipo y edad indefinida. Parecía de treinta y cinco años, pero su pelo y su barba blanca, le hacían ver mucho mayor. De aspecto pulcro, sobrio, afable y tranquilo. Escuché cuando le tomaba su orden la mesera.


-¿que va a ordenar caballero?


-Estoy esperando a dos amigos Lucía, regresa por favor en cinco minutos y ordenaremos.


Cuando hice contacto visual reciproco con él, me sonrió como quien ve a un familiar. Tímidamente le devolví la sonrisa. Sentí que su mirada me envolvía, había algo de paternal en ella. Me empecé a sentir incómodo y volteé para otro lado intentando disimular mi curiosidad en él. Tres minutos más tarde la chica me trajo la taza de café.


-¿Desea un sobre de azúcar? ¿o de crema?


-Sí, uno de cada uno. -Metió su mano en el bolsillo de su delantal y puso ambos sobre la mesa.


Volví a ver el reloj en la pared. Era justo la media noche. En ese momento se abrió la puerta y entró un sujeto de pelo negro y largo, vestía algo extravagante e informal. Caminaba con paso firme y parecía dirigirse a mí porque no me quitaba su mirada penetrante. A dos pasos de llegar a mi mesa, me guiñó un ojo y se sentó de espaldas a mí con el hombre de barba. Les escuché con atención.


-Que tal viejo. ¿Tienes mucho esperando? ¿aún no llega nuestro amigo?


-Casi acabo de llegar. Nuestro amigo llegará te lo aseguro. Pero me interesa más hablar contigo. Tenemos que parar esto.


-¿Parar? ¿Que es lo que quieres parar?


-Tanto dolor de los humanos.


-¿No estarás celoso de mi efectividad? ¿Ya se te ha olvidado los eones que gastaste, dándoles todo, manteniéndolos en la inocencia y volviéndolos estúpidos y apáticos? ¡Ah, tu y tus promesas de eternidad! No se puede aspirar a algo que siempre se ha tenido. Tú sabes que todo esto no es más que una preparación para otra dimensión.


-Sí, lo sé. Pero tus métodos producen mucho dolor.


-¿Y qué? De sobra sabes que el dolor es una ilusión. Mi método los hace caminar rápido y despertar de su apatía. ¿Acaso no ves como los empujo a ser creativos, resistentes, voluntariosos, que se crezcan al castigo?


-Pero hay muchos que están siendo aplastados por tu sistema caótico. Hay dolores que hieren el alma.


-Casualidades de guerra. No todos resisten las pruebas. Es algo que tenemos que afrontar y seguir adelante.


La camarera regresa interrumpiendo la conversación.


-¿Les puedo tomar ya su orden?


El hombre de barba extiende su mano señalando al recién llegado para que pida.


-Lucía, trae para mí el café más cargado que tengas.


-¿Y usted señor?


-A mí tráeme el mejor de la casa.


-¿cuantos sobres de azúcar y crema les dejo?


-¡Bah! Un café con azúcar o crema no es café. -Dice con sorna el hombre de pelo largo.


-Lucía, a mí sí, déjame dos de azúcar y uno de crema.


Para estas alturas la conversación que había estado escuchando me parecía imposible, extraña, surrealista. Es claro que a los dos tipos les empezaba a ver similitudes con la idea tradicional de Dios y el Diablo conversando. Si eran simples mortales, estaban locos de atar. Pero parecía haber mucha coherencia en sus reflexiones. Mi curiosidad iba en aumento. Continué escuchándoles mientras sorbía mi café ya tibio.


-!Joder! Son las doce y veinticinco y nuestro amigo misterioso no se aparece -refunfuñaba el "diablo" contrariado.


-Ya sabes lo que se dice de él, "siempre aparece en el momento preciso", su naturaleza es un misterio, es el único que controla el acceso entre los reinos materiales e inmateriales. -comentaba "dios" con cierto ánimo de lo inevitable.


-Como te decía, -continuaba "dios" hablando- Tu método produce muchos estragos, aunque no niego que también buenos resultados. El mío sigue vigente, aunque es una minoría la que lo sigue. Aspirar a la grandeza, al desarrollo armónico, al respeto por toda vida, a la solidaridad altruista, a la creatividad e ingenio auto impulsado, a la naturaleza superior e intrínseca encarnada en este plano. Siguen siendo opciones a las que solo hay que elegir.


-!Ése es el punto! Los humanos han sido traídos aquí, porque les ha hecho daño la eternidad, pocos imaginan los peligros que eso con lleva, las tendencias erróneas con la eternidad se vuelven monumentales, hasta que llega un punto en que se vuelven inmanejables y peligrosas. Por eso tú y yo estamos aquí, la humanidad se da cuenta de sus errores por contraste. -decía el "diablo" con una convicción plena en sus palabras.


-Pero las cosas se están saliendo de equilibrio, aún no encuentro la clave del dilema para que las cosas tomen un curso correcto en este mundo, con una atmósfera mental tan distorsionada. -concluía "dios" con cierto desencanto.


De pronto, ambos callaron, de hecho, todos en la cafetería dejaron de hablar. El silencio era ominoso. Aproveché la pausa para voltear a ver el reloj. Eran las doce y treinta. La puerta de la entrada se abrió lentamente. Todos voltearon. Apareció un hombre alto y delgado, tuvo que agacharse un poco para cruzar la puerta. Vestía con una gabardina negra que le caía hasta los pies, sus brazos y manos largas, su tez oscura y purpúrea, sus ojos hundidos en unas cuencas pronunciadas, cuya sombra ocultaba sus ojos. Era sin lugar a dudas la humana encarnación de la Muerte. Supuse que era el tercer invitado a la cita, tal vez incluso, el convocante. Caminó hacia mí, con pasos largos y lentos. Hubiera querido estar a mil kilómetros lejos de ahí. Como un auto reflejo, agaché un poco la cabeza para no mirarle, o para que no me viera, !qué sé yo!.


Se paró frente a la mesa de al lado. Dios le veía expectante, diría que hasta reverente. El Diablo le veía con desconfianza, retador. Fue el único en articular palabra.


-¡Vaya, por fin apareces! Has llegado bastante tarde.


-No. He llegado justo a tiempo.


La Muerte habló con una voz grave y ronca, como surgida de un abismo eterno. Acto seguido, puso sus manos sobre el hombro de Dios y del Diablo. Ambos cayeron sobre la mesa fulminados. La muerte dio la vuelta, y sin prisa, con sus zancadas largas, se retiró. A punto de salir, se acerca al camarero que atendía en la barra. Aparentemente le pide algo, aunque yo no escuché palabra alguna, éste, saca una taza debajo de la barra y algo le sirve, porque la Muerte de un solo trago se lo termina. Saca de su gabardina lo que parece ser un billete y le paga. Se salió con la misma parsimonia con la que entró. Todos nos mirábamos como preguntándonos ¿Qué demonios ha pasado aquí? Yo me preguntaba si el infausto volante comercial en mi puerta, había sido mi invitación a la cita. Tal vez debía dar cuenta de lo sucedido, por ser un escritor de historias urbanas, y a veces hasta de esquelas cuando la necesidad me apretaba. ¿Pero porqué yo?


La tensión ya era insoportable. Ver los ojos sin vida de dos "personas" frente a mi, ya era demasiado para una noche. Decidí marcharme inmediatamente. No pedí la cuenta, fui directamente a la caja al final de la barra, para pagar. Tenía mucha curiosidad por preguntar que había pedido de tomar el enigmático visitante.


-Disculpe, quisiera saber que pidió de tomar la persona que acaba de salir.


-Nada, se metió en mi cabeza y me ordenó que le diera una taza con "nada"


-Vaya, esto si que es extraño, muy extraño.


-Espere que hay algo más. ¿Usted es Matías?


-Sí, yo soy. -Le dije bastante intrigado.


-Pues él me dijo: Entrega esto a Matías, el vendrá a preguntar por mi bebida.


El camarero sacó del bolsillo de su camisa, un pedazo de papel pergamino, con unos versículos escritos en letra negra:

"Todo es escenario.
Nada es real, nadie muere.
Retiro lo que ya no prospera,
o ha completado su aprendizaje.
Lo único real que conservas de este plano,
es lo que sientes o imaginas,
solo ahí reside la verdadera vida"



Salí del café Virgilio con un montón de preguntas, sintiendo un estado de ensoñación e irrealidad que aún no termina. Nada volvió a ser como antes desde esa noche. Pero hubo un cambio muy notorio en mí. Sentía que mi destino ahora, estaba en mis manos solamente.

Radiolarios: Arte y Naturaleza



Radiolarios: Arte y Naturaleza.

Cuando pienso en la vida e intento encontrar el tropo que la defina en su fracción esencial e irreducible que le dé un sentido, una razón de ser. Observo el espacio profundo y me pierdo en el misterio de lo inalcanzable, en la extensión inconmensurable que aplasta a la imaginación más vasta.
Hay una cierta frialdad en la visión de tantos mundos inhóspitos, inhabitables, otros tantos no descubiertos, aparentemente sin una mirada lúcida que les dé un propósito ulterior a su existencia. Posiblemente nacen y mueren absorbidos por sistemas mayores sin haber albergado vida nunca.


Cuantos eones y distancia por recorrer serán necesarios para resolver todos los dilemas, en una eternidad que no lleva prisa, en un universo que parece desolado y en ruinas. En ocasiones pienso que el universo se despliega con elegancia matemática, en otras, la mirada se sobrecoge ante la hostilidad impetuosa de las nebulosas, centro de galaxias, y agujeros negros, donde parece reinar el caos y el peligro.


Creación y apoteosis, fuego y hielo, movimiento perpetuo. Mutabilidad constante.
¿Acaso viviremos en la excepción? ¿Habrá otras singularidades perdidas en la distancia prohibida? ¿Es la vida un accidente fortuito del caos? ¿O lleva implícita la firma de un creador? No son preguntas hechas solo en nuestro tiempo, ni siquiera un dilema de orden teológico o religioso. Es el cuestionamiento elemental de quien requiere saber sobre el terreno en el que se mueve.
Ante la devastadora imposibilidad de encontrar respuestas en el cosmos aún inaccesible, entonces repliego la mirada perdida en el espacio, y la vuelco sobre el microcosmos, intentando responderlas con los elementos cercanos, en la vida que anima nuestra Tierra.


El hombre parece agotarse a veces en el caos de la conciencia y sus paradojas suicidas, o en la fragilidad de la vida supeditada a la naturaleza voluble de un planeta con un equilibrio apenas temporal y efímero para el hombre, y para todo organismo viviente, volviendo la aparente eternidad de la vida, maleable, efímera... apenas una oportunidad exigua para la subsistencia y posible expansión hacia otros mundos.
Por otro lado, un sector de la raza humana se aferra al arte, y a la consagración de la vida. La Tierra es un laboratorio prodigioso de ella. Desde mi perspectiva, el código de la vida está fraccionado, tiene un común denominador disperso en todas las criaturas vivientes.
¿Quien nos dice que no necesitaremos en un futuro remoto, -o tal vez no tan lejano-, el código de ADN de los ojos de un búho para ver en la oscuridad, o la habilidad de ver tres veces más colores como el camarón mantis, las habilidades digestivas de la vaca para digerir la celulosa, o la resistencia de la piel de un reptil para resistir temperaturas mas extremas? ¿Dominaremos el código a tiempo para "inventar" los cambios por nosotros mismos? ¿Nos conformaremos con los ciclos de extinción y vida de la Tierra? ¿Lograremos crear plantas y animales tan sofisticados como los naturales, que se extinguen con nuestro desdén más terrible?
El reino vegetal que parece ser el laboratorio medicinal diseñado para el hombre, acompañándolo en su desarrollo a lo largo de millones de años, se ha ido mermando en los últimos siglos por diversas razones, y tal vez con ello perdiéndose la posible cura para enfermedades futuras. El planeta no está en peligro, es la vida tal como la conocemos lo que está en peligro. Es posible que con cada extinción masiva la vida renazca con los organismos sobrevivientes. La Tierra se recompone y se ajusta sobre patrones cíclicos naturales.


Tengo ese escalofrío espinal que da el presentimiento de la catástrofe, la casi convicción de que de no cuidar y preservar con suficiente ahínco de nuestros reinos coetanos, inminentemente fijamos el tiempo de vida de nuestra civilización, reduciendo sustancialmente nuestras posibilidades de sobre vivencia futura.


Los biólogos parecen estar de acuerdo en que la vida se inició en el mar, sin embargo éste aún guarda recónditos secretos. Investigando sobre el mar abisal, el más misterioso de los lugares no explorados de la Tierra, descubrí la sorprendente investigación del biólogo alemán Ernst Haeckel, -un naturalista del siglo diecinueve-, sobre organismos de una sola célula o protozoarios, los Radiolarios. Invisibles en su mayoría a simple vista, fueron analizados, clasificados, nombrados y dibujados por Haeckel en un trabajo exhaustivo y asombroso, logrando catalogar poco más de 4,000 de los 5,000 conocidos aproximadamente hasta ahora, revelando la elegancia y complejidad sorprendente de estos organismos.


Platón decía que Dios geometriza. Los esqueletos o formaciones sólidas de los Radiolarios parecen estar permutando todas las formaciones posibles, mostrando una gran belleza y tensegridad en sus formaciones, lo que yo llamaría la morfología de lo amorfo. Conocer a los Radiolarios es descubrir la esencia de la vida, la prerrogativa básica y expresión de la vida elemental de la naturaleza:
El Arte.


Esquizoide

Esquizoide

Esto no es real... no puede ser real... El mundo se ha llenado de estructura: días, horas, minutos, segundos, meridianos, latitudes, estratos, magnitudes, distancias, gravedades, naciones, ideologías, sistemas, comienzos/finales, interior/exterior, sujeto/objeto, real/imaginario, amor/odio, adentro/afuera, escotomizar, dividir, partir...

¡bull shit!

¡renuncio!

Lo único real para mi es lo que imagina mi mente y el mundo ha creado una telaraña laberíntica, limites invisibles de ilusión cartesiana, atrapados en la prisión de la dualidad, líneas fronterizas que no son naturales, convencionalismos que crean la apariencia de lo real... linderos que rompen el flujo continuo de la energía, que no reconoce barreras, ni tiempo fraccionado... solo fluye hacia donde encuentra espacios abiertos...

Si, se que estoy enfermando, mi mente esta perdiendo los limites, mi espíritu se esta liberando... Se que estoy saltando al vacío, transgrediendo las demarcaciones... bordeando la periferia de la razón... escapando de esta pesadilla...

Estoy enloqueciendo... La libertad me tiende su mano cálida, el viento me invita a volar, los pájaros cantan para mi, la naturaleza me abraza con su belleza, los ríos me susurran secretos, el sol me traspasa, las estrellas me hablan sin voces y me cuentan historias de universos y dimensiones insospechados, de paraísos no explorados, de colores desconocidos, de territorios por imaginar, de inmortalidad y transformación....

Mis pasos caminan sin prisa... sin rumbo, sin agenda... el tiempo se desarticula...

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